divendres, 7 d’octubre de 2016

El maltrato psicológico en la vida cotidiana

Recuerdo que tardé en darme cuenta de lo que me estaba pasando. Primero me desconcertaban las situaciones por las que pasaba, no sabía que pensar, ¿por qué aquella individua me consideraba objeto de su interés? Después empecé a angustiarme y hablé con mi compañero de ello sin demasiado éxito. Pocas veces me atreví a defenderme en público. No lo intenté tampoco más tarde ante el silencio absoluto por parte de la audiencia que de uno u otro modo estaba presente en aquellas ocasiones. Más tarde el objeto de interés se traspasó también a mi hija, en la primera infancia también, pero especialmente en aquella edad de la adolescencia en la que inexorablemente aparecen conflictos propios en la búsqueda de la propia identidad. Y allí decidí que ya no soportaba más aquella situación. Hablé con una amiga psicóloga de por entonces, le expliqué alguna situación que había sufrido y su diagnóstico fue rotundo: Te está acosando, quiere destruirte a ti y a lo que más te representa.
Y me ayudó facilitándome un libro sobre el tema: El acoso moral: El maltrato psicológico en la vida cotidiana Per Marie-France Hirigoyen. Y nunca se lo agradeceré lo suficiente porque me abrió los ojos y empecé un largo y tortuoso camino que me llevó a tomar la decisión de alejarme de esa persona todo lo posible, cuestión nada fácil, ya que se trata de una persona del entorno familiar. Podéis hojear algunas de sus páginas en este enlace
Mi experiencia me llevó a una conclusión. Ganar la lucha enfrentándote a una persona perversa sólo es posible si tus malas artes son mejores que las que ella utiliza contra ti. Si tienes remilgos, si crees en la bondad intrínseca del ser humano, si eres incapaz de mostrarte inflexible en tu determinación de neutralizarla, ella ganará siempre la partida. Fui capaz de reconocer que esa era mi situación, que no tenía armas de defensa que me permitieran mantener a raya los ataques, y decidí poner un muro ante esa persona y yo. Y aún lo mantengo, aunque a costa de haber renunciado a unas cuantas amistades comunes y a parte de la familia. A pesar de las evidencias, nadie me preguntó qué me estaba pasando. Nadie quiso darse cuenta de mi sufrimiento. Aunque todos, con el tiempo, han respetado la distancia que puse.
La agresora se fue acercando a mi en términos amistosos y cuando hubo conseguido mi confianza, cuando logró que creyera que era una persona sin maldad fue ganándose la audiencia en el mismo sentido, interpretábamos sus "pequeñas maldades" como fruto de su ignorancia y poca destreza. Sospecho del por qué del acoso a que me sometió mi agresora, pero no quiero centrar la cuestión en los agresores, sino en las víctimas. ¿Por qué pudo pasarme todo aquello? ¿Donde residía mi vulnerabilidad?
En primer lugar es la situación la que te hace vulnerable, porque los agresores actúan de forma sutil, haciendo muy difícil el desenmascararlos, pero después hay rasgos de tu carácter o de la situación concreta que puedas vivir en aquel momento que lo acrecientan, de manera que la persona perversa te paraliza, te convierte en su víctima para que no te puedas defender. Por aquel entonces me sentía insegura, intentaba agradar y conseguir la aprobación de los demás con grandes muestras de confianza y afecto, pero sin quererme demasiado a mi misma. Cuando explicaba mi situación a mi pareja tenía la sensación de que no lo sabía explicar bien, que mi sentimiento y dolor era tan profundo que mis palabras no podían describirlo. Esa emoción hacia aflorar lágrimas a mis ojos y dolor a mi pecho, aparentando ser ante él más una histérica que una persona razonable. Tal era el estado de convulsión en que quedaba después de cada episodio que me dejaba paralizada durante unos días y la tristeza me invadía sin remedio y mi baja autoestima seguía creciendo.
No puede decirse que fuera confiada, pero sí muy ingenua, y aunque mi intuición me avisaba siempre de lo que podía estar pasando, nunca escuché sus argumentos, los racionalizaba porque no podía aceptar que alguien actuara de forma maliciosa o despiadada hacia mi. Por contra, sin saber por qué, me hacia sentirme culpable de la situación y sentía miedo de expresar públicamente mi indignación o rechazo ante la agresión, fuera porque estaba muy bien vestida por parte de mi agresora, fuera porque la audiencia nunca mostró el más mínimo interés hacia ella, inhibiéndose como si se trata de una lucha entre iguales.
Mi agresora me estaba negando el derecho a ser quien era, a poseer lo que poseía. Se iba haciendo grande ante los demás a costa de mi baja autoestima, adquiriendo poder, sin compasión ni respeto ante nadie. Su perversión la ejercía de una forma natural, todos la temían, quizá sin saberlo, por ello quizá siempre actuaron sabiendo que era mejor estar con ella que no contra ella. En cambio, quizá me conocían lo suficiente a mi como para saber que la paz familiar siempre sería posible a mi costa, que silenciándome a mi harían imposible que los conflictos internos familiares llegaran a oídos externos, manteniendo ante los demás una unidad familiar más que ejemplar. Todos ellos se convirtieron en cómplices de mi agresora. En palabras de Marie-France Hirigoyen: 
Todos los detalles de una agresión perversa, todos aisladamente, parecen anodinos, pero su conjunto crea un proceso destructor.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada